jueves, 19 de octubre de 2017

La sociedad del cansancio


Últimamente, cada vez que salgo de casa, me enfado. De hecho, creo que no hace falta salir de casa para enfadarme; con abrir la ventana y asomarme, a veces, basta para enfadarme.
Cuando cojo el coche, cuando salgo a correr, cuando veo la televisión, cuando voy a comprar, cuando voy a gimnasio o juego a algún deporte, cuando me tomo un café en una terraza cualquiera, cuando salgo a cenar… en fin, casi siempre parece ser que estoy enfadado.

Al respecto de esto, un buen amigo mío me dijo hace poco que estoy claramente en un momento tremendo de negación y pesimismo. Y yo, que recientemente he terminado de leer “La sociedad del cansancio”, de Byung-Chul Han, he llevado la contraria a su postura argumentando que lo que en realidad me ocurre es que el 90% de la sociedad está claramente en un momento tremendo de positividad y optimismo. Y eso, eso es lo que me enfada.

¿Cómo puede uno enfadarse porque la mayoría de la población esté en este apacible ascenso de optimismo y de su competencia significativa?

Pues muy sencillo: como bien explicaba Han, la sociedad (occidental, se entiende) vive inmersa en un proceso de exceso de positividad. Hemos pasado de los “no puedo”, “no debo”, “no tengo (que)” y  “no quiero” estoicos de las generaciones pasadas (negativismo en toda regla) a los “sí puedo”, “sí debo”, “sí tengo (que)” y “sí quiero” de esta generación y las que han de venir (positivismo en toda regla) Además, en ese orden. Y eso, aunque parezca antitético, es un problema.

Me explico: anteriormente, en las pasadas décadas, el “no puedo” era proclamado con abnegación aunque aquello se tradujera en la cultura del esfuerzo por revertirlo hacia un “quizás lo consiga”. Ello, a su vez, derivaba en personas luchadoras e irremediablemente atareadas que se construían a sí mismas en pos de un futuro mejorable, dejando poco resquicio a un ocio que, logrado en ocasiones contadas, sabía a gloria bendita. Y ese sabor preciso era degustado en la exquisitez, en el minuto, casi en el segundo, de la vivencia y el respiro.
Cada uno de esos momentos había sido ganado a pulso en el “viaje iniciático” en que el horario laboral o estudiantil se convertía y, sabedores de la existencia de esa meta utópica, ésta era idealizada al milímetro y los momentos de que se compusieran preparados en religioso ritual para ser degustados al instante de llegar al fin.

Además, subyacía, en ese “viaje iniciático” y el esfuerzo aparejado al mismo, la honestidad y el sobrio concepto de lo humilde: el “no debo”. Un ciudadano medio se entregaba a su trabajo evitando la desidia, la queja fácil, la señalización (a veces con muy mala idea) del trabajo ajeno y el descaro del que no sabe, no quiere o, sencillamente, del que vaguea a las claras.
Había un propósito, a veces general, de mejora; otras veces era un propósito personal: ser mejor cada día en lo que te es propio, ya fuera para uno mismo, ya fuera para otros (el jefe, los compañeros, los padres… incluso la empresa, cuyo lema se tatuaba en la piel como si fuera propio) El esfuerzo y la aceptación era algo que todos merecían, incluido el individuo, que se sentía válido, útil a un fin común, esforzado en alcanzar un bien superior.

Respecto al “no tengo (que)” es fácil de explicar. Traído por las mareas del tiempo aprovechado, quedaba en la playa una suerte de espuma denominada “tiempo muerto” (algo conocido coloquialmente como “aburrimiento”) que otorgaba a quien lo poseía la gozada de la observación, la reflexión y, finalmente, la abstracción y el idealismo. Quien no se aburre no observa, no reflexiona y no abstrae ni idealiza. Así, pues, no tiene metas que alcanzar sino que se limita simplemente a “sobrevivir” al día.
Esos estupendísimos “tiempos muertos” transportaban al individuo al “no tengo que” (ahora sin paréntesis) y a la no necesidad de ser siquiera competente, salvo en lo propio, en lo que dicho individuo se hacía especialista, ya fuera por estudios, ya fuera por experiencia pura y dura. Se producía entonces un gusto por el tiempo trabajado y descansado, y una explosión de júbilo ocioso en fin de semana, “puentes” o vacaciones, que se medían, se programaban en la distancia y se vivían segundo a segundo, como ya he dicho.

Finalmente, por parasíntesis más que por derivación, habida cuenta de que no podemos prescindir de los pasos anteriores para llegar a éste, llegamos al “no quiero”. El individuo decide lo que quiere basándose en lo que, por supuesto, no quiere. Sabe lo que no le gusta más que lo que le gusta. Y a ello ha llegado a través de un proceso de negación en el que ha sabido reforzar su identidad de manera reflexiva y lo ha hecho sin descuidar la propia exigencia. Ha alcanzado la sensación de una vida plena y con el envidiable plus de haberlo hecho sin emitir gemido alguno, sin cansancio (físico o animático) El “viaje iniciático" llega a su fin y el hombre es coronado rey, noble por derecho y, sobre todo, por corazón. La acción se vuelve trascendente aún en el anonimato de la intrahistoria. 

Aquellas, las generaciones de nuestros abuelos, de nuestros padres, incluso, en contadas ocasiones, la nuestra, sabían lo que “no querían” y cuando ejercían la fuerza del honor y la palabra en la mano, resultaron demoledoras: ganaron derechos, seguridad, justicia, expresión… todo ello bajo la bandera de la reflexión, el idealismo y la rebeldía ante lo “no querido”.

Hoy, las generaciones que llegan, no buscarán con rebeldía un idealismo derivado de una profunda reflexión. Estas nuevas generaciones no idealizan, no reflexionan, no se aburren, no trabajan, no callan, no dejan de poder.

Estas generaciones “sí pueden”, siembre pueden. Son generaciones “multitarea”, siempre competentes, siempre localizables y siempre conectados, sin horarios, sin pausas, sin especialidades (o, mejor dicho, con todas las especialidades) Son generaciones que no viven sino que sobreviven a ese maremagnum de conectividad. Sus minutos, sus horas, sus días, sus meses… se pasan en la competencia comunicativa, en la inmediatez. Son generaciones que no se aburren nunca y al mismo tiempo sienten la desidia, aún más, la abulia de no despertar su curiosidad con nada. Nada les produce el placer de descubrirlo por ellos mismos, no escuchan, no reflexionan, no abstraen y, por tanto, no idealizan. “Saben lo que quieren” pero no saben lo que no quieren, y ello les lleva a la desilusión del no esfuerzo, del no descanso, del no logro, de la no consecución de objetivos, de la no cerrazón de ciclos a medio y largo plazo. No saben elegir, solo saben descartar. 

Son generaciones “ultrapositivas”. Por eso, les cuesta entender la humildad, la abnegación, el estoicismo, el respeto, el silencio y la calma de la reflexión. Son descarados, contestones, quejicosos, expresivos y emocionales hasta la saciedad, alejados de la templanza y la mesura, sin concentración, sin una imagen nítida de sí mismos, sin saber qué hacer con su vida un segundo más allá de haberse acostado tras un día vertido en clases sin sentido, presión de familiares, Instagram, Twitter, Facebook, Whatsapp y blablablabla… 

Son generaciones eternamente cansadas, desde el lunes a primera hora hasta el domingo a última. 

Son generaciones que rara vez disfrutan de sus tiempos de ocio, principalmente porque nunca los idealizaron y porque, habida cuenta de su extrema y constante competencia en la inmediatez del proceso comunicativo, se perdieron en él, no distinguiendo entre un 7 de agosto o un 14 de noviembre. 

Así, descubrimos con incredulidad que, al preguntarles qué van a hacer en vacaciones, la mayoría de las veces contesten: “naaaaaada… de la cama al sofá y del sofá a la cama”

Ellos siempre pueden y gritarán con rabia que pueden antes incluso de saber qué es lo que pueden. Ellos “sí tienen que”, están obligados a “tener que”. Si no son relevantes de manera constante, perderán pertinencia en su mundo social. Hoy es más importante tu “yo virtual” que tu “yo físico”. En realidad, ¿cómo van a permitirse el lujo de no contestar, no publicar, no decir “like” a algo o a alguien, no estar “in”? Estas generaciones viven pendientes de “tener que”. Por ello, si a un individuo joven le despojas de su móvil, es quitarle prácticamente su “vida”.

Así, finalmente llegamos al “sí quiero”. Esta afirmación tan taxativa es una realidad también taxativa que transforma lo positivo en verdaderamente negativo para con el individuo y la sociedad. Una persona que “siempre quiere” no profundiza, pierde la concentración y la motivación en un haz de actividades inmóviles y termina por difuminarse en la masa. A ello añadamos el “terrón de azúcar constante” que son las redes sociales, la sobreprotección de unos padres a los que solo les importa que “sus hijos sean felices” (esto daría para otro artículo igual de largo), la “titulitis” española, que hace que nunca estés lo suficientemente preparado para salir al mercado, ser totalmente competente en él o recibir un sueldo acorde a tu trabajo, o el desgaste que produce actualmente ser “especialista”: si te dedicas a las ciencias, no hay sitio para la investigación de vanguardia; y si te dedicas a las humanidades, nada de lo que haces merece retribución alguna porque las artes y las ciencias humanas no tienen ningún valor desde la mismísima cuna (siempre escuché y sigo escuchando, incluso entre mis compañeros de profesión, que los listos tienen que ir a ciencias y los vagos a letras, y todo aquél que tiene un talento inductivo, no procedimental, no debe perder su tiempo en ello porque no le llevará a ningún sitio… Independientemente de que esto sea debatible hasta el fin de los tiempos… Sinceramente ¿a qué sitio?)

Por ir cerrando este tema, hace poco leí (aunque esto no era de Byung-Chul Han sino de J.F. Leroy) que “Twitter te hace creer que eres sabio, Instagram que eres fotógrafo y Facebook que tienes amigos”, culminando con un sentencioso “El despertar va a ser duro”, y terminé de cerrar una conclusión al respecto de las nuevas generaciones, aquellas que creen que son sabios porque pueden hacer llegar su voz a cualquier rincón del planeta, que creen que son artistas porque pueden publicar sus ocurrencias gráficas o verbales en varios medios, que pueden interactuar con gente lejana aunque esto sea porque no eres lo suficientemente valiente o competente verbalmente para hacerlo en persona… Sin la profundidad que otorga la observación, la reflexión y la abstracción, sin el aprendizaje derivado del respeto, de la experiencia y del estudio, sin la idealización y la puesta en práctica de las hipótesis (aunque éstas sean meramente sociales)… es decir… sin el tiempo entregado al esfuerzo, al descanso y a la introspección derivada del aburrimiento, no pasarán de la mera banalidad y seguirán siendo un producto más de esta sociedad eternamente cansada, constantemente frustrada, desmotivada e inapetente y perdida en el gris de la apatía chillona, ególatra y falta de empatía, conciencia y valores que nos envuelve. Preferirán “descansar” que reaccionar con rebeldía contra lo que no funcione o no sea justo, preferirán “dormir” antes que enfrentarse con garantías a la realidad que les ha tocado vivir y se dejarán llevar por los años como el barquito de papel por la corriente. Lo malo de ser barquito de papel es que, lo mismo, si te descuidas, acabes empapado por el agua que te transportaba, hundido por ella o disuelto en sus vaivenes y repliegues. Y entonces, evidentemente, todo estará definitivamente perdido.

Sí, clara y diáfanamente estoy MUY ENFADADO.


martes, 26 de septiembre de 2017

El problema no está en la bandera


Ante el aluvión de desfachateces sin sentido, verborreas extensas, dimes y diretes, criticazos de todo tipo y demás, me he propuesto hacer una reflexión personal sobre el tema que encabeza los diarios de hoy día: el “referendum” catalán, que, imagino, finalmente se celebrará el día 1 de octubre a pesar de; y lo hago a colación de la sorpresa mayúscula que ha supuesto para mis contactos publicaciones tan “dispares” a ojos ajenos como que “la solución diáfana de este “conflicto” pase por la consideración de tránsito hacia una República Federal (aunque esto parece indirigible por una parte importante del politiqueo nacional, incluido un ciudadano de media/baja cultura)” o que “Jordi Évole dejara el otro día en espectacular evidencia al señor Puigdemont” (algo que, a poco excarvar se habría logrado con algo de esfuerzo)

Mirad, yo no me considero una persona eminentemente política. Todo lo contrario. Siempre he vivido alejado de este maremagnum a propósito del cual mi padre mi advirtió sabiamente en contra. Pero ahora, en los tiempos que corren, yo, que nunca me he alineado ni a la izquierda ni a la derecha, me debo posicionar si cabe para que quede todo claro y que luego unos tiendan a etiquetarme con saña y otros tiendan a reflexionar a la deriva de mis palabras.

Como decía en uno de mis “posts”, creo que todo se solucionaría con el tránsito a una República Federal, es decir, que entendamos todos de una vez por todas que España es una nación de naciones, por mucho que le pese a quien le pese. Si este país va a seguir rigiéndose por una Constitución fraguada hace ya 39 años en el marco de una sociedad que pretendía una tímida entrada en la democracia tras varios años de dictadura fascista (y que cada uno se ponga como quiera) resultado de un golpe de estado contra un gobierno curiosamente democrático, es como querer decir que tenemos que seguir al pie de la letra los dictados de la Biblia a pesar de que quienes la escribieron lo hicieron en el marco de la sociedad patriarcal de Medio Oriente de los siglos anteriores a Cristo, con todo lo que ello conlleva. 

Todo se resume en el extremado conservadurismo de las formas. ¿O quizás no?

Parece ser que tenemos una Constitución que, a pesar de haberse escrito en las circunstancias en que se escribió, debe ser irrevocable e inmodificable, independientemente de que hayan pasado los mencionados 39 años, estemos en el siglo XXI y la situación evidentemente sea muy diferente a la de las últimas décadas del pasado siglo en nuestro país.

Además, todo eso de “República Federal” suena muy “comunista” por el mero hecho de que una figura absolutamente simbólica como la de nuestro Rey (salvo por las funciones diplomáticas que realiza, algunas de dudosa moralidad como se ha leído en los últimos tiempos, por cierto) sea puesta en duda. No digo ya si, por ello y a pesar de todo, mantenemos a dicho señor, a su mujer, a sus hijas y al resto de la familia real, con un porcentaje de nuestro trabajado sueldo mensual. Y no hablemos del “Rey Emérito”.
Y es que hay gente que cuando le hablas de España y de ser patriótico tan solo piensa en la bandera, el Rey, la religión católica y, si me apuras, el fútbol, la tortilla de patatas, el flamenco o la paella, por poner algunos ejemplos.

Hablar de una “República Federal Española” suena a división, a Guerra Civil, a rebajarse o humillarse ante los nacionalismos o a que la misma democracia que ambos lados proponen (nacionalismos y centralismo) sea el detonante de una rebaja en el orgulloso pecho español, o lo que es lo mismo, la puesta en duda de los valores patrios.
Es curioso que los partidos de derechas propugnen que un modelo a caballo entre la España centralista y la federalista (pues eso son las autonomías y los tratados forales) sea el adecuado. Es decir, no estar “ni aquí ni allí”. Que estos partidos, como decía, sean los mismos que sigan el modelo neoliberal, un modelo propuesto y, de alguna manera, impuesto en la sociedad occidental por Estados Unidos, curiosamente una “República Federal”, una “nación de naciones”, donde Texas, Iowa o New York son estados independientes, con sus intocables competencias y, aún así, respondan a un “Estado Madre” (llamémoslo así) de cara a competencias básicas de facto como presupuestos generales del Estado, el uso de tránsito, mercado y otros de una lengua común, o ámbitos dispares como las ligas deportivas, el himno nacional o el desarrollo sostenible, por poner algunos ejemplos, todos ellos dispares.

Nosotros no; España es “una, grande y libre”. No cabe en nuestra cabeza que territorios con identidad nacional como Cataluña, Pais Vasco, Galicia, Valencia, Islas Baleares, Valle de Arán, Asturias o, incluso, Canarias o Andalucía, puedan funcionar como estados independientes con sus propias competencias y valores, y, al mismo tiempo, responder a un estado español madre que nos integre a todos y promueva los valores de la hispanidad.
En Estados Unidos todos son de Florida, Nuevo México, California, etc. y, al mismo tiempo, Americanos. Todos exponen sus banderas y todos son regidos por su presidente, además de su gobernador.
Quizás este modelo no sea del total agrado del neoliberalismo de Populares o Ciudadanos. Quizás la Constitución no pueda modificarse para solucionar este “problema” pero sí para administrar amnistías fiscales (la última modificación económica realizada años atrás, segunda tras la conformación de la Constitución, posibilitó esta deplorable práctica), por ejemplo.

Y que nadie se confunda. Nada tiene que ver con mi inclinación política. Como decía anteriormente, Jordi Évole evidenció en Puigdemont un “nacionalismo convenido” cuando no atendió al reconocimiento universal de procesos independentistas como el de Kurdistan, Sahara… o no atendió al proceso soberanista de Escocia en Gran Bretaña o Quebeq en Canadá. Y eso solo es un ejemplo de las incoherencias que este señor y su partido cometieron en el pasado.

Ni catalanes ni españoles han aprendido nada de aquello ni de esto. Parece ser que solo interesa la “tangencia”, el pasar por encima, el abundar en lo grotesco y facilón, y comentar, sin suficiente documentación (pero con más que suficiente soberbia) en las redes sociales el orgullo patrio (de aquí o de allí, eso da igual)

Yo no sé vosotros pero yo estoy harto de tanto patriotismo de cartón piedra, de tanta “senyera” en los balcones de Barcelona, en el Camp Nou, de tanta banderita española en las manifestaciones de algunos bárbaros, en las muñecas de los niños y los cuellos de las camisas de los adultos, de tanta palabra símbolo (si eres de este lado dirás “extremista, separatista, rojo, antisistema, perroflauta, terrorista, radical” y abogarás por la “unidad”, la “legalidad”, la “constitución”, la “libertad” y la “democracia”; si eres de aquel lado dirás “fascista, soberano, centralista, opresor, dictatorial, franquista” y abogarás por la “nación”, el “derecho”, la “autodeterminación”, la “libertad” y la “democracia”. Todos dicen “libertad” y “democracia”) y de tanto (tantísimo) orgullo desmedido. ¿Es que es imposible dejar vivir en libertad al de enfrente, siempre bajo la lente del respeto mutuo?

Yo solo sé (como dijo alguien en una película) que “todos somos libres desde que nos paren” y eso conlleva el decidir libremente si estamos o no a gusto en España entre otras millones de cosas que podemos decidir como ciudadanos libres. Nadie puede quitar esa libertad, aún cuando ponga en “peligro” a la bienhallada Constitución del año 78 tras la dictadura; y más cuando es un deseo y una manifestación colectiva muy numerosa.

Veámoslo de otra manera: uno vive en casa de sus padres cuando es niño pero cuando crece la relación con los mismos debe ir necesariamente evolucionando, si es que uno decide continuar viviendo con ellos y no se ha independizado (no digamos esto muy en alto aún) De pronto, con la edad, surgen nuevas necesidades: quieres comprarte tú la ropa, vestir a tu manera, quieres llegar de “marcha” a las 3,00h y no las 22,00h, quieres administrarte tú el dinero, quieres respeto y confianza en tus acciones y decisiones, tu habitación empieza a quedársete pequeña y las viejas normas, válidas para un chaval, se quedan obsoletas con un hombre.

Si el adolescente en este caso, pretende ampliar sus horizontes y se encuentra con la negativa total por parte de los padres, no es de extrañar que, en aras de una libertad preconcedida y nacida de una pasión joven, llegue a plantearse que ya no tiene sitio en casa de sus padres o que no encaja con el modelo educativo que ellos, severamente, aplicaban al niño. Imaginaos que además los padres machacaran al niño si son advertidos por éste de que se va a marchar en algún momento de casa. En fin, al final de todo aquello, todos abogaríamos por el chaval, ¿no?

En fin, voy a tirar de lírica y voy a decir que como español, madrileño, vasco de ascendencia lejana y enamorado de mi país, soy de los que sueño con una tierra distinta, que cuida de sus ciudadanos, que hace lo posible por preservar los derechos básicos, que respeta al de enfrente y, en la medida de lo posible hace por compartir sus inquietudes y valores, que cuida de su tierra y su patrimonio, que aboga por una vuelta a los puntos fuertes del país (agricultura, energías renovables, naturaleza exuberante, respeto por los animales (y eso incluye al toro, porque una cosa es el arte y la fiesta del toreo, hermoso y espectacular, y otra muy distinta perseguirlo, lancearlo, prenderle fuergo, o drogar al animal, picarlo, herirlo y, finalmente, atravesarlo del lomo al corazón con una espada, según mi criterio), el reconocimiento y recuperación de un excelso pasado multicultural (ruinas romanas y celtas, ciudades y villas medievales, árabes, cristianas, judías, etc)), un país que cree que el turismo puede regularse de manera sostenible (y lo digo en varios sentidos: desde leyes que regulen más fuertemente el turismo de borrachera y desfase, a la recuperación del patrimonio histórico, su promoción y su explotación turística, pasando por elementos tan básicos como que los habitantes de lugares como las Islas o la costa levantina no deban prescindir de agua potable para el uso habitual debido a la masificación de sus pueblos y ciudades en épocas de mayor afluencia turística y, casualmente, mayor sequía, empleos precarios y en condiciones a veces infrahumanas…), un país que acepte que su gran contrafuerte es su mestizaje, su pluralidad, su cosmopolitismo, su acentuado contraste, un sabor genuino en cada región, en cada rincón… que sin salir del mismo territorio tengas todas las posibilidades de inmersión cultural, de diferentes mundos… es un privilegio del que no todos pueden alardear. Y nosotros lo negamos, lo neutralizamos, lo globalizamos todo sin medida y con violencia, verbal o física. Solo echad un vistazo a las noticias (las de todos los canales, no solo las de los canales que nos gustan porque nos dicen lo que queremos oir)

En esta era de la inmediatez, la palabra fácil, la desinformación (a pesar de estar multicomunicados) y la falta de valores (el respeto, el trabajo, la contemplación, el ejercicio del talento… yo siempre me recuerdo a mí mismo en los momentos de duda que la verdadera meta, sea cual sea el camino, está en mí mismo), la gran mayoría de las personas, hundidas en la masa descarada y deslenguada, han perdido las formas y las ganas de cuestionar lo que reciben y lo que reflejan de ellos mismos, han perdido las ganas de reflexionar antes de reaccionar y opinar.

Da igual la bandera, la bandera no es el problema. Solo el pensamiento inmóvil lo es.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Literatura





El misterio del recuerdo surge en la voz melodiosa de la musa, una musa que viste de sedas vaporosas y vuela alta, lejos del alcance del mismo viento que parece inclinarla.

Pero allá, en la última esfera, donde no alcanza la razón a llegar en su suspiro intelectivo, germina la conciencia del autor agraciado. Allí, construye sus livianas metáforas, desgrana a dentelladas la historia de vidas no vividas, sí experimentadas bajo una tutela armoniosa surgida de la documentación. Tierras no pisadas, noches de fiebres nunca sufridas, brasas de soles no recibidos, y sudores, infinitos sudores que dejan sémola del ‘yo’ que sí es temporal, del ‘yo’ que recela de esas vidas como si las rescatara de una cenizas que por qué no fueran las nuestras.

Allí, donde el sinsabor fermenta en el tacto y en el olfato del lector, el autor devela un amalgama de perfumes; y despierta , para los que luchan contra la apatía de la persona, un sinfín de dolencias y sonrisas: sollozos del alma.

Allí, vestido de claroscuros espaciotemporales, amasa los temores del protagonista y, en una suerte de exorcización, revela, a través de nuestros ojos, las interioridades de su infancia, los claustros de su adolescencia, el remordimiento de la madurez y los placeres de una senectud a veces dulce, a veces amarga, que aún no hemos vivido, salvo en el suspiro eterno de las páginas: escapismo.

Así, caen los párpados de bruces, esperando que al volver a abrirlos renueve esa vida su camino leído. Y en el segundo extenuado de cerrazón, el lector contempla los paisajes descritos, el número exacto de caras que pasaron por su lado, y toda una colección de mixturas sensacionales en un destello de irrealidad nunca vivida, pero sensualmente ansiada en una mañana fría en el tren o en una noche de desencuentro furioso con el lecho.

El autor, ese admirable y generoso autor, ofrece, inquieto, su suerte, a fin de compartir un ápice su intempestiva visión. Y del ensordecedor ruido que frunce al mundo rescata notas imperceptibles en lo homogéneo para construir una armonía gloriosa que acolche esa melodía surgida del relato fingido.


Así, todos danzamos en tu compás, autor, y caminamos sobre tu curva tonal a fin de encontrar, en la turbia muerte del ingenio a manos de la edad ligera, tu pluma extraña, que abrazaremos con fuerza, esperando ser parte de la historia que un día imaginaste y vertiste sin afán en las memorias, plantando tiernas semillas que, en el azul de los días, germinarán en recuerdos que haremos siempre nuestros.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La vida del milano




Hace tiempo ya que abandoné mi jardín empujado por un viento joven que soplaba de occidente.

Su verso me hablaba de ficción y de vida distinta, de pérdida de rutina y de paisajes nuevos en los que perderme.

Alcanzando cierta altura ya no vislumbraba con facilidad las amapolas y los lagartos. Intuía en mi vuelo un verde horizonte de cultura y de espacio. Miraba los caminos a lo lejos y las gentes como bichitos que corrían con un rumbo y un presente que, deseaba, fuera también mío. Acariciaba con mis pequeñas plumas todo rezo de arena. Y me adormecía tierno entre las consonancias de esta o aquella brisa. Cerraba los ojos y, en mi mente, me veía maduro, ornado, amplio en los tintes con los que pintaría el lienzo en el que el aire me depositaría.

Al llegar por fin a un destino me pregunté si no debía haber atado algún cabo al molinillo de viento en el que crecí, por si la memoria se hundiera en el olvido y no supiera volver a casa llegado un momento de desesperanza o expiación. Cuando era pequeño, mi madre siempre me contaba que si alguien nos soplaba, cada uno de nosotros se convertiría en un deseo destinado a realizarse. Pero se olvidó de explicarme qué ocurriría si no había quién soplara; si, presa de la brisa, éramos arrancados de entre nuestros blancos hermanos. Se le olvidó decirme qué ocurre con los deseos que no se cumplen y, aun así, son lanzados al aire.

Así descubrí el olvido de mis padres, la ignoracia de los amigos, la oscuridad de los rincones de las calles y el pisoteo inverbe de los viandantes. Descubrí la locura del insomnio, el escozor del nervio y la mudanza del asfalto.


Absorví en mis ramajes la tinta de la noche. Y, finalmente, caí de bruces contra la apatía y la ansiedad. Soñaba de día con la muerte o con tropezar de golpe con el amor: un verde brillo de agua que invitara a pensar en la vida nueva con la que soñé en mi blando viaje.

Descubrí al fin que no todos los milanos nacen para realizar sueños. Pero también descubrí que, si echas raíces, aunque sea en el mismísimo asfalto, puedes llegar a producir nuevos milanos que sean soplados con nuevas imágenes que convertir en realidad.

lunes, 28 de agosto de 2017

Pequeña historia de amor (5)



Cercano a la linde del mar, jugabas a un tira y afloja con las olas, como acariciándolas con tus pies descalzos.
El sol vertía la delicia del estío sobre los granos empapados en sal y tú correteabas como un niño pequeño que espera que el tiempo sea infinito y le permita unas horas más de luz al menos para seguir redescubriendo el mundo.

No puede sino escapárseme una carcajada feliz.

Deseaba sumergirme en el frescor del agua a tu lado, deshacerme a besos salados y arrumacos con el mar, llegando así a la orilla de un amor soñado.

Se produce un hipo de la consciencia  y me acerco a mis tardes de estudio con la Veleta nevada a los pies del alfeizar de la ventana de mi cuarto. Cada línea memorizada se confundía con abrazos eternos y susurros de vida, como los del sol y la nieve en Sierra Nevada cuando el sol caía sobre sus márgenes. 

Y cierro los ojos perdiéndome en el olvido al que me conduce el ocaso y el olor a Dama de Noche.

Después, me sumergía en fotos de adolescencias deseadas y acariciaba mi piel morena entre suspiros, esperando que fueran tus manos en este momento presente que ahora vivo.

No pierdo un segundo más. Me acerco ahinada ignorando la quemazón de la gravilla y lanzo mi voz al viento esperando se adentre de golpe en tu pecho e invite a la locura de este sueño compartido y adoleciente de besos profundos e inocentes.

Una llamada de atención gira mi cabeza hacia la costa y, al volver la mirada, te has perdido para siempre entre las olas.

Nuevo ahino, girón de piel y vida nueva.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Reflexiones veraniegas 2017



El mundo definitivamente ha cambiado. 
La playa prácticamente amanece llena, casi “hasta la bandera”. El sol aún no está fuerte en el cielo y la arena aparece amasada ya por un sinfín de pies que la recorren de arriba abajo, algunos a mucha prisa, otros con pasividad de pasarela. Cientos de pies pisan, aplastan, machacan…pareciera un baile de hormigas que van y vienen del hormiguero con los granos de cereal sobre sus cabezas. Aquí, las cabezas aparecen rebosantes de abalorios y complementos de todo tipo: por aquí, un pañuelo anudado de estilo “Pin up”; por allá, unas gafas Ray Ban modelo “aviador”; al otro lado, un sombrero de paja con el ala torcida; a lo lejos, una pasmina que solo deja entrever unos mechones castaños. El muestrario de colores y marcas está servido y unos y otros ofrecen sus galas al sol de julio y la brisa del cantábrico, dejando ver, tras de ellas, sus pensamientos y su reflejo vital.
Las señoras ofrecen un ritmo fuerte. Van elegantemente preparadas y no desentonan en absoluto con las pinceladas del resto del cuadro. La mayoría de ellas huele a perfume y hablan de la vida, del entorno, de las familias… mientras su paso se apresta al segundo café del día, el que más gusta, el que se saborea con las amigas entre risas al otro lado del paisaje, donde parte del pueblo aún duerme. 
Las mujeres de mediana edad ofrecen un cuerpo pulido, a pesar de la maternidad evidente. Dejan ver lo justo y nunca más allá que lo que su atuendo curiosamente deportivo ofrece al que se cruza en su camino. Su mirada está absolutamente centrada, y el gimnasio, el fitness, la zumba, el yoga o el “running” unido a una dieta regular (que no un “plan” o un “régimen” estrafalario) da lugar a una seguridad que se anquilosa en la consecución de objetivos profesionales y personales, una seguridad que se muestra en ojos fijos en el horizonte, cabellos recortados y sujetos al milímetro, aunque la sujeción sea un lápiz afilado ya varias veces, y, reitero, un cuerpo cincelado a base de concreción y seguridad en que su “lucha” individual ha dado sus frutos. Los niños mariposean a su alrededor mientras chapotean en el delta del río o saltan de entre las dunas. Pareciera una comitiva de saltimbanquis bailando en torno al rey del desfile en la Corte de los Milagros. Ellas, afrodisíacas, no regalan ni un destello rápido de sus ojos, ocultos casi siempre en el margen verdoso de las gafas, y prosiguen su actividad atareada como quien siembra nuevamente una parcela de terreno agreste.
Los hombres mayores acompañan de manera intermitente a sus mujeres. Ya no son esos machos casposos que cuelgan de su cuello una cruz enorme de oro colándose entre un matojo de vello cano que asoma de entre una camisa rallada únicamente cerrada por un solo botón. No son el derrame de “Varón Dandy” ni los engominados con gafas bitono al estilo Bruce Lee. No esconden sus taras, no adolecen de sus reumas ni callan en las conversaciones, ofreciendo un monólogo desencantado a la aburrida de su esposa, que, poniendo los ojos en blanco, decide por enésima vez que pierde el tiempo y que jamás la entenderá. Estos hombres conversan de la vida, cotillean con ellas y rien mientras aprietan el paso para fortalecer los gemelos. Estos hombres huelen a Boss y ya no se pierden en el rumor de las tragaperras mientras degustan un cognac o un vermouth en la soledad del bar de barrio. Estos hombre disfrutarán también de ese café mientras repasan las páginas de sociedad y política o mientras se ríen del mercado de fichajes de verano entre bocado y bocado de su tostada con tomate natural y aceite de oliva.
Los hombre de mediana edad no esconden sus defectos: calman la sed en una botella de agua mineral y enseñan cuerpos fortalecidos en gimnasio durante el año; pero no cuerpos de infarto sino muscularmente desarrollados pero con las prominencias de quien no teme el paso del tiempo ni el disfrutar de las cosas buenas de la vida. Su ocupación está en el sol y el mar y en los hijos pequeños que juegan felices en las olas. Suspiran y, entre ola y ola, leen el último libro de Haruki Murakami, un ensayo filosófico de Michael Onfray o escuchan el último disco que ha llegado a sus manos, y no importa si es Ed Sheeran o Bruce Springsteen, pues cada nota, cada letra, les evoca la vida que quieren llevar, nada alejada de lo que ahora viven. Quizás sus espíritus hablen de aventura y soledad, pero siempre aparejada a su heroica vida de trabajo y familia. Ahora todo es posible.

Sin embargo… ay, sin embargo…
Las niñas adolescentes apestan a chicle, a veces insípido de llevar muchas horas en la boca, y exhiben sus buches sin remilgos, a veces incluso mostrando más de lo que quieres ver, con aire superficial y excesivamente confiado, dando por sentado que sus cadencias atraerán ojos ajenos y algún que otro desdeñoso deseo masculino, dejando el pelo atorado en sus cabezas y prestando poca atención al paisaje. Su interés se centra en los tatuajes y los piercings que, sin exagerar, se repasan y se soban, como comprobando si siguen ahí todavía, conocedoras de que nada importa si se importan a sí mismas. Y no digo que esto esté mal pero tampoco tengo claro si esto está bien del todo. Abusan de un semidesnudo innecesario y se regodean en sus propias miras. No hay conversaciones de revistas, de vivencias, de moda, música…ni confidencias. Solo están preocupadas de que sus vestimentas permitan portar en algún lugar, no importa dónde, su móvil para inmortalizar momentos vacuos. Extraña es la pareja de niñas que aún se sorprenden a sí mismas jugando con la marea, dejándose llevar por la corriente del río o imaginando juntas que harían si les tocara el “Euromillón”.
Sin embargo (y esto es lo más triste) los niños adolescentes brillan por su ausencia. Ni un solo “chaval” entre los 13 y los 25 años cercano al lugar, ni siquiera en cientos de metros a la redonda. ¿Dónde están?: en los bancos de los parques con amigos o solos, no importa, en el portal de la casa de alguno de ellos, acomodados en las escaleras o en el suelo, en la cama sin sueño, en la mesa de algún buffet sentados al desayuno con sus padres y sus hermanos y… pasando absolutamente de todo salvo de su cáncer personal, esa enfermedad degenerativa llamada “móvil”.
Puedes ver la playa abandonada durante el día, las pistas deportivas durante la tarde, las terrazas de los chiringos y los “chil out” por la noche, las rocas frente al mar de madrugada… y no verlos a ellos. Puedes recorrer el puerto, subir por el sendero verdoso frente al acantilado, pasear por orillas kilométricas, tomarte un café en un sitio diferente cada tarde… y no los encontrarás. Solo verás, con un poco de suerte y un mucho de obligación, un conjunto de pantallas que chisporrotean en la oscuridad, aquí, allá, en el desayuno, la comida, la cena… hasta el funeral de un familiar, si me apuras.

El mundo definitivamente ha cambiado.
Aún recuerdo el olor del jazmín que flanqueaba el Paseo de los Baños en las madrugadas de agosto, el perfume a salitre de la playa de Aguadulce sobrecargado por la última plaga de algas. Aún recuerdo como fotografías las miniaturas de coches a escala: rojo intenso en un Pontiac Fiero, azul cobalto en un Chevrolet Camaro o rojo burdeos en un viejo Renault Fuego. Recuerdo el tacto del corcho que armaduraba las paredes del cuarto de mi primo, todo saturado de pósters de chicas pecosas en bikini y pareo y portadas de discos y conciertos de U2; y los fogonazos de la pantalla del Pc mientras miraba el corretear tranquilo de las olas entre la gravilla de la Romanilla. Su susurro aún me acompaña y me produce morriña en el corazón: un latido intenso cada siete u ocho segundos que se perdía en la estela de plata del reflejo lunar en el agua. Dormía a pierna suelta mientras el mar se deshacía en la playa, me enamoraba de aquel lugar, de aquel paisaje, de aquella vivencia, día a día, noche a noche, respirando impulso a impulso aquellas veladas como quien toma aire a cada brazada dada contracorriente.
Recuerdo la canción que entonaban las maquinitas de la sala “Magic” mientras los ojos de los jugadores se hundía en las pantallas; recuerdo cómo se pegaban las suelas de mis maltrechas zapatillas en el suelo de los recreativos, en el espeso tacto del terrazo que se asentaba frente al mar. Recuerdo el sabor del helado y el denostado del barquillo deshaciéndose en la humedad del chocolate y del aire viciado del Mediterráneo. Casi diría que recuerdo hasta cada suspiro melancólico que mi alma exhalaba sabedora de que aquella experiencia sería finita, que todo acabaría pronto y debería volver a mi tímida habitación en Madrid.
¿Qué ha sido de aquellos “veranos del amor”? ¿Qué ha sido de las conversaciones entre amigos durante horas en camas contiguas, en la calma de un mar que te arropa mientras la misma luna que riela, te abriga como una madre amorosa? ¿Qué ha sido de las confidencias, el relatar de secretos personales que siempre se guardan en lo más profundo de uno mismo en aquellos momentos mágicos en los que pensábamos que quizás aquella noche sería la última de nuestras vidas, nunca tristes pero convencidas de que siempre hay un “después” que todo lo destruye? ¿Qué ha sido de cada fotografía mental, de cada flash que nuestra mente exponía amén de lograr atesorar cada segundo vivido? ¿Qué ha sido de los madrugones para salir a correr con la primera pleamar, las horas de volley-playa mientras se te abrasaban las plantas de los pies entre la arena gruesa de la Romanilla; los goterones de sudor que se dibujaban en la piel sucia por el polvo como un tatuador dibuja sobre la piel; el dolor de las manos por la dureza en el golpeo de un balón excesivamente inflado; el escozor de los ojos provocado por el sudor que se desliza de los cabellos próximos; la calma del cloro de la piscina al acabar la mañana; el placer de degustar cada comida, cada hora de siesta con los ojos abiertos mientras los niños gritan abajo inmersos en una competición de water-polo improvisada? Cada pensamiento se clavaba en el alma a cada minuto como aguja usada por un acupunturista: cada leve pinchazo es un grito de placer que libera el músculo y lo lleva al éxtasis de la relajación total, del nirvana alcanzado en una fusión de los sentidos en la experiencia sin necesidad alguna de la inconsciencia a la que lleva la caída de los párpados. ¿Qué ha sido del chapurrar en corro con desconocidos sobre la vida y sus dudas con la esperanza de que aquella niña de pelo oscuro y ojos claros elevara sus ojos solo para mirarte? ¿qué ha sido de imaginar qué sería posible si aquello fuera cierto, si un alma perdida en un tiempo y en un espacio pudiera encontrarse con otra y consigo mismo al tiempo, si sus ojos castaños son el preludio de un otoño eterno, si sus cabellos de fuego traen el ardor a tus manos y a tus labios, si podrías contar cada una de aquellas noches uno a uno sus lunares y sus pecas como el lunático que cuenta estrellas en el cielo, si una chica así puede ser todo lo que esperas de la vida y del instante? ¿Qué ha sido del olor del césped recién cortado frente al piso, del balbucear del lino escarlata en su sexual roce con el quicio de la puerta del balcón, de la calidez del café recién hecho en la mañana, el regusto amargo de la última capa de cal en las paredes de los apartamentos “Olympia”, el eco de mis pasos en los pasillos kilométricos y apagados del lugar, el hedor a helado artesano en las calles, el negror vencido de las aceras tras millones de pisadas, el frescor del agua reflejado de las piscinas en los carteles promocionales de los hoteles, la saturación de los poros y las fosas nasales al atravesar del parque que flanqueaba al Avenida de las Gaviotas, todo abarrotado de eucaliptos y plátanos de sombra, el tricoteo de los motores de las Softail y las Shadow que trepidaban haciendo temblar cada calle casi con vida propia, el olor del algodón trenzado en las prendas de Caribbean Soul al pasar frente a la puerta de su puesto de venta y no saber con qué camiseta quedarte porque no puedes llevarte todas, la quemazón al probar un licor chino tras la comida en el asiático, la letra de cada canción de los Celtas Cortos o del “Básico” de Revolver de noche en mi walkman mientras vibraban frente a mi ventana las letras del apatahotel “La Minería”, cada Suzuki Santana aparcado, cada tienda de Blanes, cada pizza del Firenze, cada cigarro encendido de mi padre, cada balón Mikasa, cada tema de Haddaway o de Michael Bolton en la radio, cada… cada… TODO?
Yo lo recuerdo todo. Ellos no tendrán qué recordar, salvo el chisporroteo de las pantallas.


jueves, 3 de abril de 2014

Pequeña historia de Amor (4)



Ahora recuerdo que intercambiamos unas palabras entre risas
Marchábamos sobre la noche como una horda militar
Apurábamos los vasos con rabia, deseosos de historia ulterior

Ahora recuerdo que bebíamos licor en vasos rudos
acomodados entre acordes memorizados
Las sillas corrían chirriando, igual que los ojos al encontrarse
y el aire vestía de fiesta vívida, fresca por el rocío de las personas.

Jugabas con el cabello, siempre húmedo.
O quizás era yo, sumergido en su olor a argán y karité
destacado entre las bocanadas chisposas de la cerveza

Mareado por la pausa soterrada en que nos vemos
acerco mis dedos a los tuyos
El calor que desprenden aturde mis sentidos
y bloquean todo movimiento

Miradas de madera. Labios contorsionados.
Lágrima en las comisuras.


Regreso al frío del vaso.

La sociedad del cansancio

Últimamente, cada vez que salgo de casa, me enfado. De hecho, creo que no hace falta salir de casa para enfadarme; con abrir la ventana...